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Honran a Bilbatúa, el niño del exilio que le dio memoria a México
México le abrió las puertas cuando era un niño marcado por las
heridas del franquismo. Demetrio Bilbatúa le correspondió con una
vida detrás de la cámara: preservó sus rostros, sus pueblos, sus
transformaciones y sus tragedias. La noche del sábado, a sus 91
años, recibió el Ariel de Oro, un homenaje al maestro que convirtió
su gratitud en memoria para todo un país.
La Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas reconoció
al documentalista durante la edición 68 de los premios Ariel,
celebrada en los Estudios Churubusco. La distinción honra una
trayectoria que reúne más de mil documentales y una manera de mirar
que permitió a generaciones de mexicanos conocer su propia tierra,
informó la agencia Quadratín.
A la celebración se sumó la Academia Mexicana de la Comunicación,
que felicitó a su académico de número y vicepresidente de
Cinematografía por su invaluable legado. El galardón reconoce al
cineasta y también al hombre cuya historia personal tiene la
intensidad de las vidas que llevó a la pantalla.
Nacido en Vigo, España, en 1935, Bilbatúa perdió a su padre y a dos
de sus tíos, fusilados durante la Guerra Civil española. Llegó a
México en 1945, con apenas 10 años. Aquí encontró un hogar y el
oficio que daría sentido a su vida.
Su hermano Ángel, ocho años mayor, lo acercó al mundo
cinematográfico. Demetrio también estudió mediante un curso por
correspondencia: aquellos fascículos en castellano fueron parte de
la formación del joven que terminaría recorriendo México para
contarlo con imágenes.
En sus primeros años filmó a figuras como Pedro Infante, María Félix
y Luis Buñuel. Registró la boda de Félix y Jorge Negrete en 1952 y
participó en el noticiario Cine al Día, que acercaba al público a
los protagonistas y las producciones de la cinematografía nacional.
Su curiosidad lo llevó mucho más lejos de los estudios. La cámara
siguió la construcción del Metro, el desarrollo industrial, las
tradiciones indígenas y el crecimiento de las ciudades. También
documentó el dolor del terremoto de 1985. En su obra conviven la
celebración y la pérdida, la belleza y la transformación.
Bilbatúa buscaba explicar cómo sucedían las cosas. Una carretera
merecía ser contada desde su construcción; una comunidad, desde la
vida de quienes la habitaban. Ese empeño dio profundidad a su
trabajo y convirtió el documental en una forma de acercamiento
humano.
Michoacán ocupa un lugar en ese recorrido. Sus registros de la Noche
de Muertos conservan una de las expresiones más íntimas de nuestra
cultura: la manera en que los pueblos mantienen el vínculo con
quienes se fueron.
El Ariel de Oro se incorpora a una trayectoria reconocida durante
décadas, que incluye un Ariel por El valle sagrado del Urubamba y el
doctorado honoris causa otorgado en 2022 por la Universidad Autónoma
de Occidente. Su obra también tiene un espacio en el Museo Soumaya,
donde la preservación y difusión de su acervo permiten que nuevas
generaciones accedan a ese patrimonio.
Hay una generosidad adicional en ese legado: el maestro entiende que
sus imágenes pertenecen también al país que las hizo posibles.
Conservarlas y compartirlas prolonga su agradecimiento.
Por eso el homenaje tiene algo de reencuentro. México vuelve la
mirada hacia quien pasó la vida observándolo; reconoce al niño del
exilio que hizo de esta tierra su hogar y al cineasta que ayudó a
protegerla del olvido.
Su arraigo cabe en una declaración: “La vida se ha dispersado, pero
aquí estoy yo, quiero estar y morir aquí”.
Anoche, el oro del Ariel reconoció una vida dedicada a mirar. La
obra de don Demetrio seguirá haciendo algo todavía más perdurable:
permitir que México se mire, se recuerde y se reconozca.
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